Ediciones Orlando


miércoles, 18 de mayo de 2022

PRÓLOGO DEL LIBRO EL LUGAR DE LAS PIEDRAS ARDIENTES DE ANDRÉS CASTILLO -CORONEL CHILE

 

EL LUGAR DE LAS PIEDRAS ARDIENTES

ANDRES CASTILLO

EDICIONES ORLANDO 2022

PRÓLOGO

Por Ingrid Odgers Toloza

 

 


La narración es capital entre todas las formas de arte verbales porque constituye el

fundamento de tantas otras, a menudo incluso más abstractas.

Walter Ong

 

 

El libro tiene un protagonista principal, Iranio y el escenario primero es un pueblo llamado Tulahuén [1]. De la pluma del escritor recorremos los yacimientos de Ausonia, Pampa Unión, una salitrera que existía al noreste de Antofagasta. Conoceremos al padre de Iranio, llamado Federico, que es hijo de madre irlandesa, la madre de Iranio era diaguita. Presenciamos la realidad de un pueblo campesino y pobre, donde la miseria se incrementó durante la primera guerra mundial, al poco tiempo los alemanes concibieron el salitre sintético para fabricar pólvora, cuando este mercado se globalizó, el comercio del salitre natural sucumbió. Pampa Unión había comenzado a cerrar todas sus operaciones salitreras. Todo acontece a inicios del siglo XX, la época del Charleston. Iranio crece en la miseria y con el apoyo de un sacerdote logra educarse y llegar a Superintendente de Minas más tarde en la mina de carbón de Schwager, en Coronel, pero su infancia y adolescencia se desenvuelve entre la pobreza, la falta total de afecto, la violencia del entorno y el duro trabajo en las salitreras y luego en el carbón.

 

Es este un libro escrito con claridad, un libro que ilumina, que abre puertas y a su vez senderos, es posible salir de la pobreza con un estoicismo casi heroico, una serenidad que nos deja perplejos, un trabajo duro, extenuante, y un deseo firme: trabajar, trabajar, porque se es el sustento de la familia. No hay amor más grande que este, lo refleja Andrés Castillo en su relato, a través del protagonista, tan nítido como potente y esta percepción estremece fuertemente, y esta lucha se adhiere al ser interior con la intensidad del relato, es imposible no conmoverse.

Todos sabemos que la narración contiene dos grandes niveles de desarrollo [2], el de los hechos (que interiorizamos en referencia a los temas que circulan histórica y cotidianamente) [3] y, el nivel de subjetividad.

Entonces se puede afirmar que la acción de narrar algo, contar algo en forma escrita es inherente al ser humano, es propio de hombres y mujeres y cada narración o escrito nace de lo cotidiano, de las vivencias del escritor en sus propias interpretaciones según como perciba o dilucide el objeto de su narración.

Precisamos que la narración es ejercida tanto por el que cuenta como por el que la recibe, de esta forma se transforma en una serie narrativa que trasciende tiempos, muda lo banal, redibuja lo cotidiano, en definitiva, resignifica aquello que se mantiene en el tiempo en la memoria, en la voz de las microhistorias humanas ofreciendo sentidos dentro de lo inesperado.  La dura cotidianeidad el autor la refleja plenamente y conocer esta historia no puede dejarnos indiferentes.

Creo haberlo dicho anteriormente, respecto a la relevancia de las obras de Castillo Aguilera, registran el patrimonio cultural inmaterial de la zona del carbón, cuando decimos esto nos referimos a la producción humana misma, a la forma en que se expresan individuos y se relacionan dentro de las sociedades, o a cómo los grupos humanos se diferencian de otros. No creo que exista otro autor, en este siglo XXI, que haya dejado impreso este rescate inmaterial del trabajo minero, de la realidad cruda y verdadera con tanta visión, estudio y pasión para dejar a las nuevas generaciones el legado, el tesoro de la memoria de un pueblo esforzado, valiente y diligente en su trabajo diario, donde tantos hombres forjaron su carácter y supieron salir adelante con el mismo empuje, la misma fuerza con la que realizaban sus labores.

Esperamos que este libro pueda llegar a la gran mayoría de chilenos y chilenas, como un valioso aporte a nuestro patrimonio cultural.

 

 Fragmento.

El pájaro chucao comenzó a tronar en el bosque, canto, que sólo se le oía a intervalos, lejos del hábitat del hombre. Era un canto sorprendente que Iranio no había escuchado nunca, pero le atraía.  Un canto profundo y primitivo. Largo rato se quedó en vano intentando ver desde dónde provenía; de entre los árboles o de los arbustos; y como no lo logró se sentó resignado en un tronco escuchando el extraño sonido que le parecía provocar un trance.

¡Lástima que no sea capaz de hablar con las aves o los animales como lo haces tú Michi! —le dijo Iranio.

¡Qué hermoso sería hablarle a esa ave de canto misterioso; y peguntarle algo de lo cual ella quisiera hablar; de su vida en el bosque; de sus amores; de sus hijos; de sus sueños o de sus penas!!

Acordóse entonces de las veces que dibujaba con un carbón toda suerte de aves en bosques sombríos, de gruesos troncos enervados y gigantes. Ahora ya no necesitaba dibujar porque ante tal incomprensible y verdadera belleza se emocionaba, y en aquel amanecer, cuando observó salir el sol por detrás de la montaña, le ocurrió aquello que ya le había sucedido. Los colores de la aurora y el canto infinito de avecillas que despertaban al ritmo del firmamento; le hizo caer lágrimas de gozo, pero no ese gozo de felicidad que genera un éxito repentino, sino un llanto de dicha, incomprensión y dolor como si estuviese viendo al mismísimo dios, al verdadero. Cuando Michi lo miró a los ojos, Iranio disimuló su llanto como si fuese resultado de una risa, pero su fiel amigo guardó silencio hasta que las lágrimas se evaporaron al son de la brisa mañanera, se volatizaron, como el vapor que generaba la fuerza para el enganche de la locomotora.

 

  

Concepción, 28 de febrero de 2022

 

 

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