EDICIONES ORLANDO

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UNA EDITORIAL DIFERENTE

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sábado, 18 de octubre de 2025

RESEÑA CRÍTICA: LENGUA INSOMNE DE INGRID ODGERS TOLOZA

 

RESEÑA CRÍTICA: LENGUA INSOMNE DE INGRID ODGERS TOLOZA

 

(Ediciones Orlando de Chile, 2021)

 


Con Lengua insomne, Ingrid Odgers Toloza reafirma su voz en el territorio más íntimo y radical de la poesía: aquel donde el cuerpo y la palabra se confunden. El libro —publicado por Ediciones Orlando en 2021— es una exploración de la vigilia como estado poético, una indagación en la lengua que no duerme porque el decir nunca alcanza.

 

La poeta construye un universo donde la escritura se vuelve acto de desvelo. Cada poema es una respiración, una exhalación de carne y pensamiento: la lengua que arde, que desea, que sangra. Su verso, libre y fragmentario, rehúye la puntuación y avanza con ritmo interior, dejando que el silencio actúe como contracanto.

 

En este viaje, la autora tensiona el límite entre la mística y el erotismo, entre la fe y la pérdida, entre la palabra como herida y la palabra como salvación. Su poesía es una suerte de oráculo corporal: “la lengua insomne” es la conciencia que se niega a clausurar el sentido.

 

Con ecos de Pizarnik, Bonnett o Elvira Hernández, pero con un acento propio del sur de Chile, Odgers convierte el insomnio en forma de lucidez y resistencia. La suya es una escritura que no se abandona al sueño ni al consuelo: una poética encarnada que revela el temblor de existir.

 

Lengua insomne es, en definitiva, una obra de madurez y desvelo: un espejo donde la palabra, aun cansada, sigue respirando.

miércoles, 8 de octubre de 2025

Reseña crítica: Nínive (Carne de lobos) de Ingrid Odgers Toloza

 



(Ediciones Orlando de Chile, 2023)

En Nínive (Carne de lobos), Ingrid Odgers Toloza levanta una poesía de urgencia, una voz que nace desde la fractura social y espiritual del presente. El título evoca la ciudad bíblica condenada por su corrupción, y en esa imagen la autora encuentra el espejo de nuestro tiempo: un país —y un mundo— devorado por sus propios lobos.

La obra se divide en dos territorios: La ciudad y Mujer. En el primero, el hablante poético retrata un paisaje urbano arrasado por la violencia, la desigualdad y la indiferencia: una Nínive moderna donde “las calaveras ríen y una madre empuña sus manos con bravura”. En la segunda parte, la autora desplaza la mirada hacia la intimidad y el cuerpo femenino como espacio de resistencia y renacimiento. Poemas como “Te quiero viva” y “Invoco al Dios del universo” son clamores de vida ante la barbarie.

Con un lenguaje directo, lúcido y cargado de imágenes viscerales, Odgers conjuga la crónica y la profecía. Su voz se hermana con las poetas de la conciencia —Mistral, Berenguer, Bonnett— pero conserva un timbre propio: el del sur que observa, denuncia y reza al mismo tiempo.

Nínive (Carne de lobos) es un libro necesario: un testimonio poético y político que nos enfrenta al miedo colectivo y nos recuerda que, incluso entre las ruinas, la palabra sigue siendo un acto de fe.

“Si hay tormenta, que no muera la lengua.”

martes, 25 de julio de 2023

Presentación Novela El agobio (la caída del búho) por la escritora Liany Vento

 

Presentación de la novela El agobio (La caída del búho)

de Ingrid Odgers Toloza

Ediciones Orlando 2022-2023

 


Canto de búho

Por Liany Vento García

 


El ejercicio es el siguiente: escribir esta presentación acostada. La laptop sobre mi barriga y la cabeza sostenida por almohadones. Mover solo las manos. El resto del cuerpo inmóvil. A partir de ahí, crear. Deberá ser de noche, bien tarde en la noche, cuando se haya acostado el vecino que repara autos. Cuando el cansancio del día pese y los ojos adopten la apariencia de los de un búho. No cualquiera. Un búho en extinción. Leí que el búho más grande del mundo (extinto ya) vivió en Cuba (exquisita coincidencia) y que por su tamaño y peso le costaba moverse. Así habré de asumirme. Un búho enorme que no puede volar, que no puede cazar, pero que canta.

Ese es el ejercicio para vencer, de lo contrario nada saldrá de mí.  Nada que tenga que ver con esta novela. A eso sumarle que una vez leída por primera vez decidí deliberadamente no leerme ningún libro anterior de la autora, lo que debería ser ideal para una buena presentación; quería que esta fuera una presentación incompleta, a medias, una presentación a la que le fuera difícil moverse. ¿Qué gracia supone la agilidad en este agobio? ¿qué valor le agregaría? ¿a qué privilegiar aquí el movimiento?

El ejercicio para los lectores será entonces el siguiente: leer esta novela literalmente de “traste parado”, abrir una herida (todos tenemos una herida) y leer siete veces al día con la frecuencia de las curaciones, demorar la lectura cuatro meses, y limpiar el cuarto con spray espacial. Hágase fotografiar la herida (si es hacia dentro pose de cuerpo entero) y día por día inspecciónela con la curiosidad del biólogo, abrúmese cuestionándose por qué le ha sucedido a usted esto. Hable con una amiga o amigo, con un familiar, que se mude a su casa y lo atienda, no haga nada, vuélvase dependiente. Ese es el ejercicio para vencer con la lectura de esta novela, o conjunto de crónicas como dice el personaje, o ficción autobiográfica como proponen los créditos del libro, de este largo epitafio… ¿o acaso no nos hace pensar en la muerte? Sin embargo, repito, el búho no vuela, no caza, pero canta.

“Él la desnudaba y ella permanecía mientras tanto casi inmóvil. Cuando la besó, los labios de ella no respondieron al contacto de los suyos. Pero entonces sintió de pronto que su sexo estaba húmedo y se asustó. Sentía su excitación, que era aún mayor porque estaba excitada en contra de su voluntad. El alma ya estaba en secreto de acuerdo con todo lo que sucedía, pero también sabía que, para que durase aquella gran excitación, su aquiescencia debía seguir siendo tácita. Si dijese que sí en voz alta, si quisiese participar voluntariamente de la escena amorosa, la excitación disminuiría. Porque lo que excitaba el alma era precisamente que el cuerpo actuara en contra de su voluntad”.

Este es un fragmento de La insoportable levedad del ser, novela que Isabel, la protagonista de El Agobio, ha leído y que le ha dejado inolvidable aprendizaje: “de una u otra forma cada individuo, hombre o mujer tiene que vivir, nadie está libre de ello”. Pasa que hemos creído que vivir tiene que ver con moverse. Peor aún, que moverse es contrario a quietud, que se oponen, se enfrentan. Hemos creído que lo que no se mueve está muerto. Leo El agobio y detrás de todas las historias veo a Isabel postrada, detenida, dependiente, trasnochada pensando su vida, recordándola, paseando por ella, mientras una gangrena la inmoviliza. Pasa que hemos creído que la quietud es antónima de la acción, nos hemos dejado confundir. Sin embargo, en El agobio, como en la escena de Kundera, la inmovilidad se ha vuelto excitación, escritura, finalmente acción. Ello se hace indiscutible en la idea de privilegiar la muerte como el espacio más fértil: “Ha resultado como de costumbre la muerte más fuerte que la gangrena, la cirugía y el temor a la clínica, y no es solo un decir es que así lo experimento, la muerte es más dolorosa que la pandemia, cuarentena, confinamiento y toque de queda incluido. Es que nunca más, nunca más yo la veré”. Ha muerto Ximena, la amiga, la amada, la compañera, y eso es lo peor. Antes fue el toque de queda, antes el estallido y la enfermedad; todos son espacios que conminan a lo inmóvil. Cuando el estallido social, los jóvenes lideraron, pero ¿acaso no salir a enfrentar a los pacos implicaba el inmovilismo? Cuando la pandemia sin pase de movilidad no existíamos, ¿acaso un código de barras puede determinar mi existencia? Isabel es una escritora, y “una escritora como yo” escribe, casi puedo escucharla hablándome; la escucho cuando dice que algunos “ven mera literatura donde hay, fundamentalmente, angustia vital, desesperado apasionamiento y una invencible voluntad de combate”; el búho, repito, no vuela, no caza, pero canta. Para qué habría de moverme si implica adoptar la velocidad de un grupo de wasap que, a los pocos días de la muerte de Ximena, borra su foto. “Este pedazo de mundo que era el grupo de WhatsApp me gritaba prácticamente: ¡Vamos, ya se murió y chao! Olvídate, Isabel, total, la Xime ya no está ¿para qué recordarla? Anda, muévete, sigamos el rumbo frenético de este inquietante, diverso, indiferente, materialista e insensible globo terráqueo”.

He aquí una declaración de principios. He aquí que podemos abrirle a Isabel la puerta, que podemos liberarla de todas las penurias, habrá de escoger siempre la inmovilidad que hace que Ximena, que, finalmente, los afectos, permanezcan. ¿Cuál es la imagen del escritor sino la de la fecunda inmovilidad frente a la hoja en blanco, frente al computador o la máquina de escribir? ¿Cuál propósito sino conservar los afectos? ¿Qué es un escritor sino un búho en extinción que no vuela no caza, pero se perpetúa en su canto? Una escritora como yo, dice Isabel: “estoy aquí, escribo, y no sé para dónde voy, soy una veleta detenida en el océano inmenso, azul oscuro”.

Me gustaría terminar diciendo que una veleta detenida en el océano no tiene que saber a dónde va, solo tiene que existir en imagen como Cristo, como la palabra, como el signo, como la poesía.