Ediciones Orlando

LA CULTURA

viernes, 19 de mayo de 2017

Portada para AMAZON

CRÍTICA
‘MÁS SILENCIOSA QUE MI SOMBRA’
De Ingrid Odgers
Por Federico Krampack
Al momento que uno comienza a leer la novela ‘Más silenciosa que mi sombra’ de la autora penquista Ingrid Odgers, de inmediato se le vienen muchas imágenes icónicas a la mente: Virginia Woolf, mujeres en problemas, en rígidas bitácoras de vida y acongojadas con el puterío de la realidad chilena diaria, Katharine Hepburn (la fierecilla indomable del cine anterior al Tecnicolor), Frida Kahlo, esa mujer de cómic (con pañoleta roja a la cabeza y el puño alzado) que aparece en las publicidades vintage de un feminismo en pañales que reza YOU CAN DO IT.
Si debiéramos resumir en una sola palabra esta pequeña obra maestra penquista, sería con un agudo, obtuso y chirriante ‘verídico’. Esto es verídico. ‘Más silenciosa que mi sombra’ tiene tantas dolorosas capas de verdad, que parece superar a la ficción. YOU CAN DO IT, Ingrid.
Una mujer furiosa y áspera con la vida nos habla desde la primera página con un ímpetu cotidiano, cercenador, monótono a ratos, con una respiración mecánica que resulta agotadora, pero con una gran luz interior. Del primer párrafo, ya empieza a hablar mal del marido, y a medida que uno avanza en el relato, las descripciones se hacen más explícitas.
Puede sonar un aspecto desconcertante, de carácter feminista, radical (que se puede aplicar también a la teoría de género o la literatura de Simone de Beauvoir), pero lo cierto es que ‘Más silenciosa que mi sombra’ es de todo, absolutamente de todo, además del tono feminista que impregna toda la novela, un feminismo natural que se encuentra en el chip mental de todas las mujeres, pero que muy pocas se atreven a ponerlo en la práctica e incluso manifestarlo, aunque sea en cosas pequeñas, en esos detalles inocuos del diario vivir que, vistos con lupa, están adornados con una buena dosis de anarquismo. Lo que tiene de sobra la novela es una buena dosis de bullicio, griterío interno, descorazonador, y de remezón social como para remover mil lectores de un viaje. No es literatura chilena a la antigua. No es narrativa lacónica y prácticamente romántica, sin ‘barniz’ de mujeres para mujeres, a lo Marcela Serrano o Isabel Allende. Es prácticamente dinamita pura, como bien podría decirse del arte de Frida Kahlo, citando a André Breton: ‘Una cinta alrededor de una bomba’.
Ingrid Odgers es un producto regional invaluable. No está en las grandes librerías del país como una best-seller ni mucho menos es alguien que sale en los avatares del Arte y Letras de El Mercurio, pero PODRÍA estarlo. La bomba aquí se llama ‘realidad’, dura y tóxica de una mujer chilena de edad media que naufraga en la rutina, el estado ruin del mundo laboral y la desesperación en el matrimonio típicamente aburrido y fastidiado, con un marido apagado, prehistórico que sólo busca sexo y comodidad social, y materialista, pero también una realidad tremendamente esperanzadora, a pesar de todo el tono gris, ruin, predecible a ratos y decadente que tiene (en apariencia) la novela.
Desarrollada en un ambiente chileno cotidiano en la ciudad de Concepción, y narrada en su totalidad en primera persona, ‘Más silenciosa que mi sombra’, de primeras, pareciera moverse con un tono oscuro, incluso hasta amargo, a través de los pensamientos, broncas y anhelos de Verónica, su trepidante y analítica protagonista, pero a medida que avanza el relato va tomando un tono menos lúgubre y más vívido.
Del blanco y negro paulatinamente va pasando al color, al fuego, al lenguaje soez, al lenguaje del cuerpo, al discurso del cuerpo, en un tono carnal y cotidiano, sin ser esteta ni mucho menos barroco, sino real, sin mayores adjetivos, sin mayores adornos ni trampas de narración, algo que se agradece pero que también se critica enormemente, puesto que carece de hipérboles o de metáforas que podrían haberse aprovechado más aún dado el carácter furibundo de la protagonista. La descripción a ratos parece simple, desganada, pero quizás ese mismo aspecto algo lánguido del estilo en que está narrada la historia, sea el espectro de la misma protagonista, un espectro fúnebre, demacrado y que va a tono con la historia que pasa por toda la oscuridad y rabia posible hasta encontrar pasajes de luz y de fe.
El modo en que se relata ‘Más silenciosa que mi sombra’ es de carácter puramente personal, a modo de diario de vida, sencillo, íntimo y desprovisto de elementos estéticos propios de la novela. Se evitan las descripciones explícitas, las analogías o componentes que parecieran ser muy decorativos y hasta prescindibles. Los días de la semana (tan debidamente marcados al inicio de cada capítulo) nos da la sensación de que nuestra protagonista vive cada día bajo un sistema totalitario y que las sorpresas no serán algo muy corriente dentro del relato, puesto que todo el tono es demacrado, tedioso, agotador, la protagonista se ve cansada siempre, y la rabia contenida se siente en todos los capítulos.
Si hay un aspecto que destacar notablemente del trabajo de Odgers, es su maravilloso y tallado nivel de sexualidad y de sufrimiento debidamente marcado y narrado, pulcro, fino y desprovisto de tabúes, que para muchos (como este servidor) les recordará dos célebres ejemplos desde ya por la temática y el telón de fondo: la ‘Madame Bovary’ de Flaubert y ‘La señora Dalloway’ de Virginia Woolf.
Aunque son referentes extremos de la literatura y que parecieran estar a años luz de la obra aquí expuesta, tanto por influencia como por estilo, lo cierto e indudable es que Odgers recoge elementos básicos de la literatura inglesa y francesa que de alguna manera logró encapsular la terrible realidad social que escondían las mujeres de la época (y en realidad, de todos los tiempos inherentemente); y principalmente de la obra de Woolf a través de la insistente, atrevida (y en ciertos pasajes, hasta molesta) narración de detalles y labores cotidianas. ‘A las nueve en punto llega el ogro, me mira, me pide un café, se mete a la ducha, se viste rápido, de un trago se toma un café y abre la puerta de calle al tiempo que dice ya…’
De por sí, la sola descripción de actividades y gestos en seguidilla, como un rito impuesto, despiertan en el lector una sensación de hastío tremendo, un sopor diario que se hace tedioso, una rutina que se hace cada vez más espantosa, algo que logra transmitir de manera excelente su autora. El tono decadente y de impotencia logra poner la piel de gallina y más aún sabiendo que la historia puede perfectamente adecuarse a la realidad chilena.
En lo personal, Odgers y su obra me recordaron mucho a la película ‘Las horas’ (efectivamente basada en una obra de Virginia Woolf) del director Stephen Daldry, donde el personaje de Julianne Moore (la que está ambientada en plena era de la post guerra en EE.UU.) pasa por similares estados que la protagonista de ‘Más silenciosa que mi sombra’. Su mundo es una burbuja donde el ser mujer y esposa no es más que una brutal sentencia de muerte (o de vida), su felicidad se ve truncada por la falta de apetito por el amor y la fe, no tiene deseos de seguir edificando esa ruin bitácora de levantarse y saludar al marido y prepararle dignamente el desayuno, atender a su hijo y además tener en cuenta que está embarazada nuevamente.
Ese mismo retrato de la protagonista de la película, está perfectamente amoldada al personaje de Verónica acá en la novela; es una mujer tremendamente acongojada, furiosa con el mundo y su papel, su sexo, el por qué le tocó esta realidad y no otra, por qué a mí, por qué esto. Verónica, de por sí, representa de manera inconsciente muchas realidades chilenas de la mujer contemporánea: la mujer puesta en una burbuja social donde su voz no hace eco, ni como esposa, ni como madre, ni siquiera como mujer.
En el caso de ‘Madame Bovary’, el hecho de que aquí se repita el mismo parangón de la mujer reprimida y encerrada en un receptáculo de rol mujer-esposa-madre, no es casualidad. Ya lo había escrito Flaubert: ‘Un hombre, por lo menos, es libre. Puede pasar por todas las pasiones, recorrer los países, saltar los obstáculos, hincar el diente a los más exóticos placeres. Pero una mujer está continuamente rodeada de trabas. Inerte y flexible al mismo tiempo, tiene en contra suya tanto las molicies de la carne como las ataduras de la ley. Su voluntad, igual que el vuelo de su sombrero sujeto por una cinta, flota a todos los vientos; siempre hay algún anhelo que arrebata y alguna convención que refrena’. El personaje de Emma en la obra del francés, se enamora de otro hombre y así empieza una cadena de acontecimientos que rompen la santa estructura del matrimonio y las apariencias que, aún en esa época del siglo XIX, aún no eran tabúes completamente rotos.
Aquí Verónica, el personaje de Odgers, en su viaje desesperado de querer huir de la infelicidad, se enamora de no sólo uno, sino de dos hombres, de uno más que otro, que sin embargo reflejan el mismo pesar del que su protagonista huye: uno de sus amantes representa todo lo nocivo que ella no quiere, el compromiso excesivo, la lealtad a fuego, ese ‘berrinche’ de sentimentalismo que nadie anhela en una relación pero que se hace presente indiscutiblemente. Y el otro que, fatídicamente, no logra concretarse por el destino, el destino que nos roba lo más preciado y que nos hace valer como nunca. Y nos hace aprender.
Rabia, sociedad, opresión, sexo, hijos, amigas, degradación, frustración, mujeres, hombres, matrimonio, aburrimiento, trabajo, género, roles, perdición, emancipación, amor, odio, esperanza, liberación. En los catálogos del American Film Institute se acostumbraba anunciar una serie de conceptos que se relacionaban directamente con la obra audiovisual o la obra literaria en que se basaba. En el caso de ‘Más silenciosa que mi sombra’, sería una cadena de conceptos similar a las de arriba: todos drásticos, fuertes, listos para explotar, para indagar. Con la mente y los sentidos abiertos. Un gesto noble.
La marcada geografía que empapa el relato (por el origen de su autora), logra ceder aún más veracidad, una verdad carnal que se consolida cuando relata ciertos lugares o venas de la ciudad de Concepción, como si fuese la palma de su mano. Las calles roídas, la citación de los cafés antiguos, el frío, las plazas, el verde, el mar, el aire, son todos elementos urbanos típicos que logran demostrar una fuerza tremenda y que además son la lectura del carácter pedregoso y con ansias de libertad que tiene su protagonista, más aún si un lector que lee la novela es de la región.
Además la vorágine que sufre Verónica realizada muchas veces con sus amigas por las noches, de alguna manera, rompe con el prejuicio de que mujeres maduras vayan a lugares típicos de entretención y juerga, sino que frecuentan bares alternativos de música electrónica y rock e, incluso más atípico aún, discotecas de ambiente gay lésbico, donde se desdibuja el género, la vestimenta, los modismos, el lenguaje y los estereotipos sexuales de cajón, y su protagonista, como en pocos pasajes de la novela, se ve enfrascada en una realidad considerablemente diferente y fascinante, aprendiéndola a valorar por su naturaleza radical y poniendo a juicio su propia realidad, observando con otra lupa el mundo.
‘Tengo un día; si lo sé aprovechar, tengo un tesoro’, decía Gabriela Mistral. Aquí, Odgers constantemente trata de aprovechar los días y las noches, a medida que avanza el relato, cuando comienza a resquebrajarse de su angustioso sitial y pone todo en duda. Todo.


Una novela como ‘Más silenciosa que mi sombra’ nos lleva a despojarnos de un retrato sano y aceptado de relaciones sexuales matrimoniales a la vieja usanza chilena y sentimental, sobretodo en el género femenino. Podemos ver a Calígula, las películas de Ingrid Bergman, de Woody Allen, el programa de la doctora Polo por televisión, pornografía barata, leer poesía violenta o al Marqués de Sade, a la Isabel Allende, a Pía Barros, tener en cuenta las más audaces ramificaciones posibles en el arte y la literatura sobre erotismo y sexualidad, lo más radical posible, pero siempre lo más sanguinario y difícil de digerir será lo que tengamos a metros nuestros y en su estado más sutil y peligroso: la cotidianeidad misma. Y lo doloroso que es tener que vivir una vida marcada por el aburrimiento y el fastidio diario, pero con una gran luz esperanzadora hacia el final, enfrentando los peores miedos: el miedo al qué dirán, himno nacional de nuestro comportamiento criollo, y el miedo a la vergüenza frente a toda una sociedad.
El mismo título de la obra contribuye a enfrentar esos miedos: la sombra de uno(a) jamás nos dejará, pero delata todos nuestros fantasmas que nos persiguen a diario. Y uno, como dueño de esa sombra, aprende a guardar silencio. Más del que debe. Para ver qué espectáculo seguirá.
Una novela como la de Odgers, nos invita (más en particular a las mujeres chilenas contemporáneas de edad media, casadas, heterosexuales, despojadas de todo pasatiempo e incluso de tiempo para ellas mismas) que se miren en un espejo y vean si todo está en orden o no, si todo está como quisieran o no. Es, a mucho atrevimiento, la novela más cruda y sensata sobre la falta de amor en una relación que se supone que ante los ojos de la sociedad y de Dios es íntegra y sacrosanta, que haya leído en mucho tiempo.
‘Más silenciosa que mi sombra’ de Ingrid Odgers hiere el sexo y el amor, pero también los eleva a un estado de desamparo total, de éxtasis que sólo se puede experimentar con la pérdida de un amor y la confusión más turbadora, de no saber si estamos actuando correcta o incorrectamente, si es deleznable, si es corrupto, si es viable, si es posible, si es imaginable que una mujer en la madurez de su vida, pueda tener otra oportunidad de ser feliz, con o sin hijos, con o sin marido. Aunque, en realidad, ¿qué debiera importar tanto considerando el caótico y variopinto estado actual del mundo?


Federico Krampack
Poeta y narrador

Catálogo 2017


jueves, 2 de marzo de 2017

ENTRE LÍNEAS - ANTOLOGÍA REGIONAL DEL BIOBÍO


PRÓLOGO

Por OMAR LARA 


LA PARALELA SINUOSIDAD Y LA PORFÍA


Los pasajeros se trasladan de un coche a otro, se esconden unas veces y entre los asientos felpudos o maderos estiran la mano y se acarician. O se escurren al coche comedor, por una puerta que se bambolea como si hubiera viento o el tren se encabritara en infinitas curvas. El tren no se detiene, los pasajeros no se detienen, gritan desde la ventana o amenazan saltar desde las puertas totalmente expuestas.
La exaltación, la bravata y la estupefacción, la altanería, la suave y modosa mansedumbre, el desafiante ritmo, el alerta silbido que espanta a los animales del paso sin guarda-cruces, la voz en susurro insinuante que ofrece bebidas y frutos de la zona, el grupo de exaltados que se desliza hacia un carro solitario, mientras miran solapadamente hacia atrás, por si alguien los sigue o algún ojo atento los descubrió en el gesto de huida u ocultamiento.
El tren no se detiene, le guarda las espaldas a los fugitivos y en el compás de su música sorda escabulle, insinúa y dispara su sentido ritual.
Los pasajeros tampoco se detienen. Hay semblantes ásperos y curtidos en esto del viaje, son los cansados de viajar (sucede que me canso de viajar); los hay cancheros y sabelotodos, dulces y estrellados, amargos y sabios en su amargura, los hay intensamente perturbadores, oscuramente lúcidos, no faltan los que quieren parecer canallas o corderos con piel de lobo. O tal vez sean los mismos. La velocidad, que es el ritmo, que lo es todo, esclarece los designios y señala la ruta. De lo que no hay duda es que cada uno, cada una, pagó su boleto y viaja impecablemente según las leyes de un tren que no se dejaría engatusar por polizontes o trogloditas. Este tren ganó su derecho a circular por todas las líneas  del país.
Es la poesía y la narrativa del Bio-Bío. Un volumen de alto vuelo, aunque la acción transcurra entre las estaciones, en un viaje de recuperación, de emocionada recuperación de un espacio que nos fue vergonzosamente escamoteado, como tantos otros, pero que el empecinamiento de la palabra se obstina en rescatar y vivir otra vez y otra vez,  para siempre.
Las leyes de la geometría nos dicen que las líneas paralelas no se juntarán jamás. Algo ocurre aquí que rompe esa regla o la modifica: las voces que se escucharon en los carros de pasajeros entre Talcahuano y Hualqui, entre Concepción y Coronel, al calor de un vaso pipeño, huevos duros o pollos de amable escama, o la experiencia vitalizadora y ocurrente de los talleres de Penco y Talcahuano están aquí, todo está aquí y algo más, porque ese algo de misterio permanece temblando sin que tengamos la desfachatez de pretender disuadirlo de su sentido. Queden temblando, pues, las palabras queden temblando, reunidas en el espacio virtuoso de un libro que seducirá a usted, amable lectora, amable lector, con versos y relatos que seguirán su viaje, esta vez en las líneas privadas de cada lectora, de cada lector.
Por último, lo primero: mi saludo de admiración y gratitud a las escritoras que lideraron este bello proyecto.

                                                                                                          Omar Lara




Concepción, Enero de 2017

sábado, 11 de febrero de 2017

Novela Ya no somos vírgenes de la autora Ingrid Odgers

PRÓLOGO


Ya no somos vírgenes, es una novela de la escritora chilena Ingrid Odgers, donde nos ofrece un acercamiento hacia la realidad de muchas mujeres, no sólo de este siglo, sino que ha existido desde siempre, agazapada, escondida, al acecho de un momento para revelarse: el lesbianismo. Respecto del término que alude a la condición femenina de sentir atracción hacia mujeres en lugar de hombres, prefiero introducir la palabra lesbianidad porque este sustantivo es femenino, el morfema de sustantivo"dad" le confiere la altura que tienen palabras como "libertad", "individualidad" que aluden a valores o a condiciones, en lugar de "lesbianismo" que decanta en un sufijo compartido por patologías o defectos.
El lenguaje de la novela dista mucho del grotesco registro al que recurren los autores para presentar los textos que giran en torno a la homosexualidad con el fin de reclamar terreno para su voz, con lo cual caen en una redundancia que diezma dos veces la obra: le resta belleza, la arroja al fango de la vulgaridad y cae en lo innecesario -todo lo innecesario en un texto es ripio que le impide elevarse-. La obra de Odgers recorre todos los estratos lingüísticos, convirtiéndose en un cuadro armónico de discursos exigidos cuando se transporta a lo filosófico, lo antropológico (logra una proeza que le he visto a Kundera y a Sartre: hacer entender al lector incipiente conceptos de muy alto nivel) y a la vuelta de página, un verbo sencillo; de pronto, nos ubica en medio de una calle chilena, de la mano de ismos criollos del país que le aportan sabor, cercanía e identidad territorial al texto.
Una protagonista inteligente, femenina, que despierta a la vida en el momento cuando le abre la puerta a la verdad contenida, amordazada en su corazón es nuestra narradora. Una voz poética fundida en la entrega de un amor puro como el cristal entre una mujer a otra, es quizás una apuesta escasamente hecha, pero real tanto en Ya No Somos Vírgenes como detrás de muchas puertas que resguardan hogares no sólo chilenos, sino del mundo nos presenta los acontecimientos narrados. Sí; poesía y narrativa juntas en esta novela; como juntas pueden abordar la vida dos mujeres.
Odgers apela a la ficción del género para apuntar un dardo necesario a un blanco que cada día es más esquivo: la inclusión verdadera de la lesbianidad como una condición más del ser humano. En tal sentido, es necesario hacer un alto y señalar lo expuesto por la autora en las palabras preliminares de su texto: la novela no contó con apoyo de los fondos destinados a la edición y publicación del libro, no por insuficiencia estética o por inconsistencia temática o mal manejo del género; sino porque el tema "no es de interés".
Es increíble que sea, precisamente, el círculo de intelectuales chilenos, encargados de guardar, difundir y nutrir el acervo cultural del país a través de la inclusión de ideas nuevas, destrucción de paradigmas, rompimiento de esquemas, llamado a la revolución de los cánones sociales que se circunscriben sobre la subyugación de la manifestación limpia, buena y armónica de la humanidad la que se haya manifestado -no sé si en pleno- en contra de la difusión de una obra cuyo tema central es el amor en toda su dimensión sólo porque quienes lo mantienen entre sí son dos mujeres.
El machismo está presente en todas las esferas, es lamentable, pero cierto. Sin embargo, me resisto a pensar que prevalezca en las decisiones que tienen que ver con lo artístico y lo intelectual, lo humanista por encima de lo que debe evaluarse en una obra literaria. ¿Quién tiene autoridad para saber si un tema es o no de interés? Suena a chisme de matinal de televisión, a opinólogos y agoreros de poca monta, no a producto de una deliberación seria, ajustada al argumento narrativo, estilo, discurso, armonía, propósito y mensaje del texto.
El machismo se desborda desde que la existencia, protección y trascendencia de la literatura concerniente a la homosexualidad masculina es- hasta- protegida. Las mujeres tenemos negado, incluso, ser homosexuales. Nuestra obra no se difunde si no es de amores convencionales, de borrachas, de meretrices venidas a más, de femicidios, de la mujer llorona, de la presidiaria, del hombre homosexual. Obra sobre mujeres poderosas o lesbianas son "ideas que no cuajan" en el país.
La novela de Ingrid Odgers es revolucionaria en el sentido que nos presenta, no a la lesbianidad como una condición marginada, sino al amor marginado. El amor que viene con dos nombres de mujer. No es un discurso que se arrastra con el objeto de apelar a la bondad del lector para que lo levante, reflexione y "se compadezca", como generalmente ocurre con los textos de índole homosexual. Ya No Somos Vírgenes viene cargada de una idea expuesta de la forma más digna, sobria, impecable.
La tromba poética que se desata en los momentos de intimidad es turbadora, hija de Safo de Mitilene, poeta griega de la antigüedad: siglo VII AC, cuya procedencia -isla de Lesbos- y la leyenda que la grandeza de su poesía erigió sobre ella y el amor profundo que sentía hacia la mujer derivaron en el nombre de "lesbianismo" como condición particular amorosa en que una mujer se brinda como pareja a otra y que yo prefiero denominar "lesbianidad". En su poema "A Una Amada" se rinde el aliento y la tranquilidad del pulso:
"Paréceme a mí que es igual a los dioses/ el mortal que se sienta frente a ti
y desde cerca te oye hablar dulcemente/ y reír de esa manera tan encantadora.
El espectáculo derrite mi corazón dentro del pecho,/ Apenas te veo así un instante, me quedo sin voz/ se me traba la lengua.
Un fuego penetrante surge enseguida por debajo de mi piel./ No ven nada mis ojos y empiezan a zumbarme los oídos./ Me cae a raudales el sudor./ Tiembla mi cuerpo entero.
Me vuelvo más verde que la hierba./ Quedo desfallecida y es todo mi aspecto/ el de una muerta.

Y de Abu Nuwas, poeta musulmán del siglo VII, cuya voz lírica es homosexual y profundamente sensual, amorosa. Hay que tener horchata por sangre si al leer a Abu Nuwas no se estremece la piel:
“El hombre es un continente, la mujer es el mar. Yo amo mejor la tierra firme". Frase ampliamente utilizada hoy por hoy./ "Un muchacho te tiende la mano con la copa/ y te habla con la voz de una gacela joven/ criada por nodrizas que extremaron su educación./ ¡A ti entrega sus riendas al sorber el vino,/ para ti la embriaguez desata su cinturón!/ Al acariciarlo te cautiva con sus encantos,/ te vuelve loco, hace saltar tu corazón./Emborrachado, alza su grupa con dificultad/ y se menea como una palma bajo la túnica/ caminando hacia ti, deshaciéndose en seducción".

O si al adentrarnos en el lirismo empleado por Erika, la protagonista de la novela Ya No Somos Vírgenes, para manifestar la magnitud de los sentimientos cuya génesis ocurre en el encuentro físico con su amada no se desmaya el alma:
"nuestras lenguas juegan al compás de nuestra galopante ansia de amarnos, nos tenemos la una a la otra y más allá de ese instante donde los rayos efervescentes de la pasión y el fuego de la excitación se confunden, se abre el paraíso para nosotras, nada importa".
Nótese que los dos textos citados anteriormente al de la escritora chilena pertenecen a la era antigua y fueron no sólo publicados, sino inmortalizados a través de los tiempos. Miles de años después, en nuestra era, sirven de ejemplo para ilustrar lo que hace un buen poema al lector: lo seduce, lo convence, lo embriaga, lo perturba. No significa que hayan tenido vidas planas, carentes de dificultades; sin embargo, lograron trascender a través de sus vidas y; especialmente, de su obra literaria. No concibo real el trato que esta novela ha recibido de los jueces -eruditos- en letras chilenos al impedir la difusión de este trabajo no por su calidad; sino por prejuicios individuales.
El tema del libro no es de interés. Pienso en muchas de mis alumnas como mujeres de lucha, mucho más valientes que sus madres y que sus abuelas. Andan de la mano y se exponen al señalamiento de todos -incluso de hombres homosexuales-. Yo misma, profesora, escritora, poeta, crítica no señalo, pero he callado ante una verdad enorme e importante porque le atañe a mi género.
El tema del libro no es de interés. Imagino tantas mujeres que se cuestionan, que tienen miedo de mostrarse al mundo tal como son: hermosas, valientes, poderosas, limpias, dignas, madres de familia, ejecutivas, pobres, ricas; pero con un destinatario de su amor que las condena: una mujer igual que ellas.
El tema del libro no es de interés. Pero el Papa Francisco I -que Dios lo bendiga- se pronuncia y dice: "si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, quién soy yo para juzgarla. El Catecismo de la Iglesia Católica explica y dice que no se deben marginar a esas personas y que deben ser integradas en la sociedad", además: “la Iglesia hace suyo el comportamiento del Señor Jesús que en un amor ilimitado se ofrece a todas las personas sin excepción”, y “toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto”. Aunque a muchos les pueda doler, se trata del Papa de la Santa Iglesia Católica, Vicario de Dios en la Tierra, de acuerdo a mi Fe.
El tema no es de interés. Pienso en los guardias que arremetieron contra dos jóvenes mujeres porque iban de la mano y se dieron un beso dentro de una tienda de retail.
La novela de Odgers no pretende formar parte de un género distinto al de novela contemporánea; sin apellidos -homosexual, lésbica-. No se sustenta sobre el lobby gay ni pretende invadir o convertir al lector. Sino presenta la mujer lesbiana como heredera natural de un espacio que le es vedado dentro de una sociedad dentro de la cual nace, se desarrolla, se reproduce y muere sin haber vivido ni existido; por lo cual debe responsabilizarse y enrolarse en las filas de las que han de ser acribilladas con los índices de quienes las rodean, comenzando por sus familias, porque son las valientes que determinan marchar en la vanguardia.
Es una novela en cuyo interior se desarrollan varios temas, no sólo el de la sexualidad de la mujer lesbiana, sino también el papel de la mujer en la historia de la humanidad, de la historia de Chile, cómo se produce la involución y el deterioro de las relaciones humanas dentro de una relación marital en la cual uno se erige porque pisotea a la otra. La herencia del silencio y la rigidez estructural en la sociedad chilena tras la dictadura. La angustia de sentirse al margen de una ley que no está escrita en ninguna parte, pero es más cruel y lapidaria que cualquiera jamás escrita: Mujer: no amarás a la mujer; hombre: no amarás al hombre. La muerte que nos da cuenta de nuestra fugacidad en la vida. La situación económica de los ciudadanos de un país que destila progreso y abundancia: la cesantía creciente y la dificultad de salir de ella después de los 40 años. La diferencia entre pololeo y matrimonio y la violencia de género.
Que esta novela sea disfrutada por personas provistas de buen criterio y altas miras de lo artístico; por encima de toda inclinación personal.

Mío Araujo
Poeta

Profesora de Literatura

miércoles, 1 de febrero de 2017

Antología Mujeres al fin del mundo -Voz poética de la mujer en Chile 1980-2016

PREFACIO

Quizás no habría momento más propicio que este, cuando renacen las escaras del soslayo de la mujer a la saga de un mundo de revigorizada misoginia para sacar a la luz la fuerza y diversidad de las voces de las Mujeres al Fin del Mundo contenidas en esta antología. En el umbral de la segunda década del siglo XXI DC, la mala hierba del desplazamiento, el maltrato y la violencia contra las mujeres renace contra todo pronóstico, pues la degradación femenina se había dado por muerta tras el nacimiento del nuevo milenio: augurio de terrenos fértiles para la igualdad de oportunidades, la elevación de la conciencia y la apuesta por un mundo desembarazado de prejuicios castradores del progreso en todo ámbito.

Chile es la zona más austral del planeta, su epíteto: El Fin del Mundo; cuya geografía es tan diversa como larga su extensión, se encuentra calcado en las voces de las poetas chilenas: alternas, distintas como los paisajes xerófilos del norte y verdes, frescos del sur. Las obras de estas escritoras congregadas en este volumen están conformada por portavoces tan diferentes entre sí que llegan a ser antagónicos, confiriéndole al conjunto la calidad magistral de ser una verdadera antología, pues en su selección no se dejó nada pendiente ni al azar; logra contener el caleidoscopio completo de ángulos desde los cuales la mujer mira al mundo y se detiene – o camina, corre- a autoconcebirse – o desmembrarse-. Así, en la lectura se puede disfrutar, por ejemplo, de un poema amoroso con hablante masculino que trae consigo un perfume de Xarcha - pero a la inversa porque en el poema mozárabe la condición de hombre del autor era sustituida por un portavoz femenino- :

“Muchacha desnuda, tañedora de espejismos,
 Portas en tus caderas jarras del agua más alegre,
 Mi sed, un hilo infinito siguiendo tu cadencia.”
De Hisfahan  en  la  siesta del Sha Abbas  de la poeta santiaguina Wilma Borchers Carrasco.
El lenguaje enardecido, descarnado, en contraste a la voz delicada, tenue, comedida:
“Chupándomelo ansiosa de mis agri dulces
Estoy deliciosa, me saboreo
Me gusto
Chupándomelo como cuando niña
Me gusta mi hiel
Me gusta mi pulpa
Y como antes de nacida
Pujando
En gesto fetal
Al fin   Casi muerta  / Me acabo Compañeras.”
Del poema Naciendo-Venciendo de Rosa Elena Sáez, ciudad de Concepción.

“Perra solitaria
mente aullando (le)  a la luna
perra más que menos perra
perra vieja que fue perra del
Presidente del Club de Perros:
            zurció calcetines
            preparó la sopa
            bailó metalera bajo
            el párpado estrellado
            el perro pasó a ser presidente
            de todos los clubes
            de la perra nunca más se supo”
Fragmento del poema Maldita Perra de Maha Vial.
Un ángel la llenó de lluvia
cuando el diablo osaba pintar margaritas rojas
en orden asimétrico de cenizas.
Hay una sombra que me tomó de la mano
y puso alas largas a mi espalda, cuando yo dormía.
Ya no me asfixio de tanta ausencia
tampoco suspiro sosteniendo el nombre de mis padres.”
De Una Sombra Distinta. Rossana Arellano.
“Allí, entre manos,
los pájaros nos han concedido sus secretos
y la voz de nuestra imparable lectura
nos regaló más de una forma de aprender.”
De A Dos Voces de Consuelo Martínez Astorga.

Lo religioso como objeto lírico es un tema coyuntural en virtud de manifestarse como una cadena impuesta que hay que romper o como una búsqueda, un anhelo:
“Tendría que haber alguna misa en que enanos
y prostitutas se congreguen para orar
por sus muertos, por sus sueños.

Los enanos bailarían sobre las teclas del órgano,
y harían piruetas en columnas y confesionarios.

Las manos delirantes de las prostitutas
lanzarían sus entrañas al campanario
donde siempre hubo esperma de cirios.”
Del poema Misa de Astrid Fugellie Gezan.

“Hazme de adirondack
sino, no nazco
insúflame un alma en el mástil
para que Dios ponga oído al canto
de esta que irá con lengua
para muchos, de cuchillo
de gasa para contados.”
Del poema Adirondack de Mío Araujo.

La desigualdad social expresada por Karina Albadiz:
“Los sábados veníamos
a Las Salinas, era una playa top para nosotros hijos del cerro arriba
para llegar eran dos micros, lo seguro era que no veríamos
a nadie de la población y sin embargo era tan familiar.
Un paisaje literario.”
Sábado. Karina Albadiz.

La introspección de la mujer desde la problematización de su rol, de la multiplicidad de papeles que le corresponde ejercer para atender las expectativas externas por encima de la necesidad de ser una persona con identidad única en la poesía de Ingrid Odgers:

“Ya he sido una potencia, una raíz cuadrada, una ecuación compleja y a la vez un modificador de acceso tanto public, private, static y default...y ahora ¿qué soy?
¿Dios mío qué soy? ” – Epígrafe de ¿Qué parte Soy?”-


Temas como el femicidio, la violación, el tratamiento de la sexualidad y del acto sexual en sí,  el problema del aborto, el maltrato contra la mujer, el machismo, la rebeldía contra la territorialidad y el nacionalismo exacerbado. Asimismo, se trabaja la transculturización, la emigración, la identidad nacional. Tales referentes son abordados en estructuras líricas versadas y prosaicas con estilos variados que van desde las formas más convencionales del registro lexical, hasta la inclusión de neologismos y regionalismos.

Es notorio que los ojos de un poeta son los ojos del mundo porque, como bien dijo Rimbaud en alguna ocasión de su existencia: El poeta es un visionario y un testigo de su tiempo. Con esto, queda claro que desde el lugar más remoto del mundo, los problemas son los mismos que en todas partes.

Mío Araujo.


Santiago, Diciembre de 2016